¿Un mundo sin dólar?

7 de julio de 2010

Un reciente informe de las Naciones Unidas afirma que el dólar estadounidense debería ser reemplazado como principal divisa de reserva global. En “Situación y perspectivas de la economía mundial” se sostiene que el dólar “ha probado no ser una reserva de valor estable” y que, por esa razón, no ha contribuido a llevar equilibrio a los mercados financieros.

Como alternativa se propone el desarrollo de un nuevo sistema, el cual “no debería estar basado en un moneda única ni en múltiples monedas nacionales”. El informe aboga por una mayor utilización de la unidad contable del Fondo Monetario Internacional (FMI), los Derechos Especiales de Giro (DEG), como activo de reserva. Los DEG se basan en una canasta de cuatro divisas: el dólar, el euro, el yen y la libra esterlina.

La idea no es nueva. En octubre de 2009 el diario londinense The Independent difundió la noticia de que los estados petroleros del Golfo Pérsico se estaban reuniendo de manera confidencial con funcionarios de Rusia, China, Japón y Francia para sustituir al dólar como moneda de transacción del crudo. En su lugar se utilizarían el yen japonés, el yuan chino, el euro, el oro y una moneda común creada por países del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait.

Antes de eso, la sustitución del dólar como moneda de referencia había sido reclamada por los países del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China), por el Fondo Monetario Internacional y por economistas como Joseph Stiglitz. Ya en la conferencia de Bretton Woods de 1944, el representante inglés, John Maynard Keynes, había propuesto la creación de un órgano internacional, la International Clearing Union, con facultades para emitir una moneda internacional (el “bancor”) vinculada a las divisas fuertes y canjeable en moneda local a un tipo de cambio fijo.

La dominancia del dólar no se debe a que en Bretton Woods predominó la posición estadounidense y, entonces, el patrón oro fue sustituido por el patrón dólar. Tampoco se explica por el tamaño de la economía estadounidense, ya que ésta, a pesar de ser la más grande, suma algo más del 20% del PIB mundial. Es, en realidad, el reflejo de la preferencia mundial por instrumentos financieros en dólares.

Desde finales de la segunda guerra mundial el dólar ha sido la moneda mundialmente dominante. Más del 60% de las reservas de los bancos centrales del mundo están en dólares; el 50% de las transacciones en los mercados de capitales y de bonos se realizan en dólares; el 45% de todos los créditos mundiales son en dólares, pese a que sólo el 10% es otorgado por bancos basados en Estados Unidos; el 86% del mercado de cambios mundial, el 80% de las transacciones internacionales, el 70% de las importaciones mundiales y la casi totalidad del comercio petrolero se realiza en dólares.

Aunque la estabilidad política y el poderío militar de Estados Unidos contribuyen a la fortaleza del dólar, la razón principal de su liderazgo está en la estructura financiera que lo soporta. Una inflación controlada desde 1980, un mercado financiero desarrollado, estándares contables transparentes y un sistema legal que otorga amplios derechos a acreedores y accionistas, hacen atractiva a la moneda de los Estados Unidos, como en otras épocas fue atractiva la libra esterlina.

Y una vez que una moneda se hace popular se va tornando más deseable, haciendo que las transacciones realizadas sobre la misma sean cada vez más. La concentración de las transacciones en una sola moneda, a su vez, aumenta la liquidez y reduce los costos de transacción, lo que la hace más atractiva aún. A medida que más gente utiliza una moneda cada día se agranda la distancia con otras monedas y más difícil se hace salir de ella.

¿Por qué la preocupación con el dólar?

La preocupación viene desde dos flancos. Por un lado, el de los economistas keynesianos como Stiglitz, que sostienen que la política económica norteamericana fomenta las burbujas en todo el mundo. “La única pregunta que habría que hacer es: ¿cuándo se repetirá todo esto?”, señaló. “Es horrible ver que el balón se infla y no hacen nada, aunque está claro que explotará. Y no se ha hecho nada ni después de la explosión, sobre todo en los Estados Unidos”, indicó.

Para prevenir una nueva crisis Stiglitz propone la creación de un organismo con más competencias y representación que los existentes, porque “la crisis global requiere una respuesta global”. Otra reforma que propone Stiglitz es un nuevo sistema global de reservas, con una moneda única, porque “es necesario un sistema multilateral que no dependa de la moneda de ningún país concreto”.

Analistas de tendencias más ortodoxas también han mostrado su preocupación por las políticas monetarias recientes en los países desarrollados. Desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2007 se ha venido aplicando una estrategia conocida como “quantitative easing” (flexibilización cuantitativa), consistente en el incremento de la cantidad de dinero en circulación con tasas de interés interbancarias cercanas a cero.

La Reserva Federal de los Estados Unidos, por ejemplo, aumentó la cantidad de dinero en circulación de 7 al 15% del PIB en poco más de un año. Esta impresionante inyección de liquidez sin contrapartida constituye un riesgo creciente para China y otros países que tienen grandes cantidades de reservas extranjeras en activos denominados en dólares, principalmente bonos del gobierno estadounidense.

“Recurrir a la imprenta de billetes para hacerle frente a la nueva deuda generaría expectativas inflacionarias”, señala James Dorn del Instituto Cato. Otros economistas como Nouriel Roubini son más drásticos. Advierte que, de seguir financiando el déficit público con emisión de deuda, aumentarán el costo e, incluso, el riesgo de impago de esa deuda. Roubini no descarta que la calidad de la deuda soberana estadounidense sea rebajada por las agencias de rating, como ya lo han hecho con países como Grecia o Irlanda.

Incluso llega a equiparar esta situación de gasto y endeudamiento desaforados a un esquema piramidal tipo Ponzi. “Cuando los gobiernos llegan al punto donde están pidiendo prestado para pagar los intereses de esa deuda, se están acercando peligrosamente a dirigir un esquema Ponzi soberano”, asegura.

En cualquier caso, la huida del dólar como moneda de referencia parece aún lejana. El euro, que podría haber sido un rival, ya no parece serlo. En este momento padece de la misma falta de credibilidad que su contraparte estadounidense. Además, Europa cuenta con un mercado financiero menos desarrollado y la regulación y protección para acreedores y pequeños accionistas son menos amigables.

Por otra parte, una moneda mundial como el DEG no resulta viable, al menos a corto plazo. Los DEGs no son aceptados para realizar transacciones, son una fracción diminuta del total de las reservas y les falta de un ancla en un mundo de dinero fiduciario. Una nueva moneda global deberá, por su parte, atravesar las negociaciones para la creación del ente emisor, el establecimiento de reglas claras que no puedan ser violadas como las de Bretton Woods y la resistencia a la pérdida de soberanía por parte de países muy apegados a su moneda, como el Reino Unido.

“Estamos lejos de encontrar una alternativa al dólar”, aseguró Andrew Wilson, del Consejo Europeo de Relaciones Internacionales. “La idea de una moneda distinta parece responder, por ahora, a una retórica populista antiestadounidense. Se está jugando para las audiencias de los países emergentes”, opinó.

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